El último tren cumple veinte años

  • Lunes, 02 de Diciembre de 2019 | Locales

POR EDUARDO N. CARBONI

Pueden venir cuantos quieran, que serán tratados bien.
El trencito que circula por Chacabuco –diariamente durante el verano, y los fines de semana y feriados, el resto del año– cumple su segunda década de vida. Quien lo ideó y empezó con su construcción fue Heraldo Carlos Baigorria, padre de Heraldo Mario, hoy su propietario y conductor.
'El tren fue un proyecto que empezó mi papá en el año 1985 –relata Heraldo hijo–. Fue construido en un garaje por mi él y por Feliciano García, que tenía un taller de escapes en la calle Pringles'
La locomotora se hizo a partir de una Estanciera, con el chasis original un metro alargado para permitir que también llevara pasajeros. Del célebre utilitario argentino también conserva el diferencial original. 'El miriñaque de la trompa tiene un trabajo enorme, pensaron mucho para conseguir darle la forma que tiene', explica Heraldo y destaca que Feliciano García fue el gran artífice del proyecto.
Para construir los chasis de los vagones se utilizaron parte de las vigas francesas de la vieja cancha de paleta que el Club Social tenía en la parte trasera de la sede de la calle Moreno.
'Mi papá siempre tuvo la intención de hacer un trencito. Tuvo la oportunidad de comprar uno ya armado; lo fuimos a ver, lo revisó de punta a punta, pero vio que estaba mal hecho y decidió armar uno él mismo'.
'El trencito se empezó a construir en 1985 –dice Heraldo– y por una u otra cosa no se puso en marcha. Cuando en 1996 falleció mi papá, me puse a terminarlo con la ayuda de García, y empezó a circular recién en noviembre de 1999'.
Los dibujos de personajes infantiles que tiene fueron pintados a mano por Mimo Perrone, por aquellos años aún no existía el ploteado. La instalación estuvo a cargo de Pablo Stefanini, los tapizados de Aníbal Giúdice y la pintura de los hermanos Leyes.
'En el primer año, tenía un motor naftero Continental, de Estanciera, y en el año 2000 compré uno marca Yuenjin gasolero, cero kilómetro, y también una caja de quinta, aunque no lo paso de tercera. Anda como un auto'.
'Hace poco le hice todos los tapizados nuevos porque ya tenían veinte años, lo pinté todo adentro, siempre hay que hacerle mantenimiento. Las cubiertas están siempre en buenas condiciones, lleva doce, más una de auxilio. Se armó con todo nuevo: llantas, puntas de eje, chapa, hierros, nada usado. Los remaches están colocados cada uno a la misma distancia, todo fue hecho a medida. Tiene un trabajo que hoy en día no se podría hacer, por los costos y por el lugar para guardarlo. Hay que tenerlo bajo techo donde no lo afecte el sol o el agua'.
'Cuando arranqué, había cuatro trencitos andando en Chacabuco –recuerda Heraldo–, el mío era el quinto. Con el tiempo, fueron desapareciendo todos, es que dormían afuera, ninguno lo hacía bajo techo, como el mío. Hoy, es el único que hay en la zona, el más cercano está en Luján. En La Plata hay uno que circula en una plaza y se llama La Porteñita, como éste, pero el mío es anterior. Se llama así desde el principio en homenaje a La Porteña, la primera locomotora que circuló en la Argentina'.
'Siempre lo manejé yo –agrega Heraldo– y mi señora, Alicia Kruger, hace las veces de guarda. Ella es la que cobra y la que cuida a los chicos. Salimos los sábados, domingos y feriados. A partir de Navidad, lo hacemos todos los días hasta que empiezan las clases. También me contratan para festejos de egresados, cumpleaños y hasta casamientos'.
Veinte años después del comienzo, las nuevas generaciones de pasajeros tienen que ver con las del principio: 'Hoy se da que llevo a los hijos de aquellos chiquitos que llevaba cuando arranqué. Hay chicos a los que paso a buscar por la puerta de la casa. Los padres saben que a los 50 minutos lo tienen de vuelta. El viaje dura ese tiempo, es un recorrido fijo de unas cien cuadras; toco casi todas las plazas, paso por los barrios'.
Y hablando de nuevas generaciones, las diferencias se hacen sentir. 'Cuando empecé, recién comenzaban los teléfonos celulares, ahora se generalizaron y están las tablets, las computadoras, hay miles de entretenimientos para los chicos. Al principio, llegaba a mi casa a las dos de la mañana, ahora, a más tardar, termino a las diez de la noche, no queda nadie en la calle. Hoy no se ven más chicos con barriletes, una catanga o un karting a bolillero. No se ven chicos con un juguete en la puerta de la casa, están todos con las tablets, las computadoras o los celulares. Es otra generación'.
'Es un trabajo lindo –concluye Heraldo–, pero hay que estar cinco o seis horas sin bajarse para nada'.
Los que estén en el camino, bienvenidos al tren.

La homenajeada

La Porteña fue una locomotora de 15.750 kg, que viajaba a 25 km/h, construida en los talleres británicos de The Railway Foundry Leeds. Su primer viaje, el que inició el ferrocarril en la Argentina, se realizó el 29 de agosto de 1857 y unió la estación del Parque –ubicada donde hoy se encuentra el teatro Colón– y la estación La Floresta, que en aquel entonces estaba en el pueblo de San José de Flores, actualmente parte de la ciudad de Buenos Aires.
La locomotora permaneció en actividad hasta agosto de 1889 y luego fue utilizada, durante diez años, sólo para maniobras. Actualmente se encuentra en exhibición en el Museo Provincial de Transportes que forma parte del Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo, de la ciudad de Luján. Junto a ella hay uno de los vagones de madera que arrastraba.