Harold (papi)

  • Viernes, 20 de Noviembre de 2020 | Locales

A fines de agosto (como mal signo) falleció Haroldo Rubens Gardella. Con 84 años y esperando noviembre, para subir un escalón más.
Hacía casi tres meses que había quedado en la cama por una enfermedad a la que le dio pelea una década entera. Y sabiendo la que venía, creo que respondía amablemente cuando le decíamos que iba a vencerla, por puro compromiso. Al menos los últimos quince días, cuando los signos de deterioro eran poco disimulables.
Escribo públicamente para ordenar mis ideas y, además, porque había sabido cultivar una platea que no era de las numerosas, pero era de las que lo reconocían. Como a tantos amigos de una generación singular de Chacabuco que partieron precozmente o disfrutaron de la vida, con la virtud de imponerse objetivos comunes sobre los personales. Es cuando notás más claramente que hay quienes juegan la propia  o quienes reparten la pelota y se sacrifican para recuperarla.
De múltiples acciones, Harold recorrió distintos caminos. Empleado, secundario incompleto, policía como opción a la colimba, auxiliar contable, empresario, dirigente y hasta pluma notable. Con el artilugio de palabras antiguas, pero llenas de contenido.
Aprendió de Hugo Zanlungo la necesidad de tener la casa propia, en una época que era mucho más fácil, pero se necesitaba valor. Y logró transmitirlo. Aprendió a ser joven emprendedor  con pares como Edgardo, como Amaury.  A tutearse con mayores que imponían respeto, pero que dejaban participar. Y a recurrir a la solidaridad de otros cuando los problemas no se solucionaban con plata. Se reunía con Jorge, con Carlos Luis y respetaba la seriedad de historias importantes para la Cooperativa Eléctrica, como las de Arroyo y Van der Wedden.
Ahí andaba el viejo. Borrado de algunas fotos pese a estar como peón en la fundación de algunas importantes instituciones locales. Porque, como decía antes, no terminaba siendo popular, pero los que lo querían lo hacían sinceramente. Algunos de la muchachada del San Martín por ejemplo, cuando la primera cuadra de la calle Pueyrredón era la más transitada: boliche, cine, club y confitería separados por el Almacén López. Enfrente, la Cámara, y al lado la Santa María. Otras épocas, otros bolsillos.
Era del lugar insigne de un Chacabuco mucho más humilde. Referente del barrio de la Estación, con Severo, con Gafa y otros cómplices. Y muchas veces veía que para llegar al mismo lugar yo hacía recorridos insólitos, pero me esperaba paciente del otro lado, silencioso, pero como diciendo ahora sí, vamos por donde la experiencia nos indica. 
Con los defectos muy detectables, me inspiré en él para hacer mi vida pública. Pasión por lo dirigencial (en segundo plano), haciendo política más como comentarista que como militante, lector cuando los grandes medios eran más medio y menos comercio. Y con la devoción por comunicar (de inspiración maternal, como la lectura y la familia) que nos dimos el lujo de compartir desde los 80 hasta hace unos meses.
Su pasión de participar lo llevó a estar presente en acciones distintivas institucionales o simplemente como colectivo, en cuestiones como que la Central Automática de Teléfonos llegue a Chacabuco, o a Rawson, o a O'Higgins. O que Internet se pueda navegar en la ciudad, o hitos que a la luz de los años y la tecnología quedan menores. Gestiones o luchas gremiales empresarias, reiteradas e inútiles  para que las pymes sean condenadas al éxito, quedan en ese legado, compartido con Noel, Manolo, Atilio, con Isidro, con José Marinari y su revolucionario invento al servicio de la apicultura mundial.
Chacabuco era entonces otra tierra, un pueblo en que no se renegaba de la pertenencia, sino que se destacaba como agropecuario, pero también como industrial, generador de trabajo.  Tampoco la tierra prometida, pero no distinguía entre cacuijas y gente de bien. El camino era más integrado y no existían abismos entre dirigentes y  habitantes comunes. Era más difícil, incluso, ver entidades partidistas.
Extraño al viejo, sus cosas. Me invitó a agarrar la pala –no metafóricamente– a corta edad. Después me las rebusqué para alejarla. Me cultivó cuestiones elementales que espero honrar. Era respetuoso de hasta quienes lo jodían o alejaban de algún lado por estorbar o querer garantizar el rumbo necesario y elegido.
Consejero en cosas importantes, pidiendo paciencia y despertándome al mediodía, en Buenos Aires, cuando llegaba tras largo viaje a trabajar y veía que yo todavía prolongaba mi noche. Me recordaba que los funcionarios municipales viajaban en Rastrojero a La Plata con algún dirigente de la comunidad y cómo eran las cosas ahora. 'Mediodía y todavía no arrancaste, y nosotros salíamos a la noche y volvíamos de noche'.
Feliz cumple viejo. Aunque no estés. Espero completar tus cosas pendientes en la familia aunque ya no para Chacabuco. El tiempo también me lleva puesto. Y quiero que sepas que la gente de a pie me sigue llamando Gardelita, porque me sigue viendo a través tuyo. Gracias Ignacio, Osvaldo y Oscar por cuidarlo. Y a los auxiliares que la batallaron conjuntamente.

Rubén Gardella